
Más allá de las campañas y los discursos externos, los partidos políticos enfrentan su peor enemigo en casa: caudillismos, luchas por parcelas de poder y una volatilidad doctrinaria que termina desorientando a sus propias bases.
La política chilena arrastra un problema que ya no es posible disimular: muchas organizaciones han dejado de funcionar como equipos colectivos para convertirse en plataformas al servicio de proyectos individuales. Vemos liderazgos cada vez más personalistas, disputas internas por cuotas de figuración y dirigentes más preocupados por definir quién aparece en la foto o quién se queda con una candidatura que por escuchar a sus propias bases.
Mientras esto ocurre al interior de los partidos, la ciudadanía también cambió. La lealtad ciega o la adhesión automática a una etiqueta ideológica ya no existen. Hoy las personas evalúan el apoyo en función de los resultados, las soluciones concretas y, sobre todo, de la capacidad real de cumplir lo prometido. En este escenario surge un dilema ineludible: ¿debe la política reducirse a atrincherarse en defender identidades particulares o debe asumir el desafío de conversar y construir las mayorías que le den estabilidad al país?
Sin embargo, antes de mirar hacia afuera o pretender convencer al electorado, existe una tarea mucho más urgente: ordenar la propia casa.
Cuando en una colectividad priman las rencillas, los egos y la lucha por cuotas de poder, la institución pierde su fuerza y las ambiciones personales pasan a ocupar el lugar de las ideas. A este desorden orgánico se suma una progresiva pérdida de claridad en los principios. Si bien es razonable que un partido evolucione a la par con la sociedad, cambiar de postura según la conveniencia del momento no es evolución: es simple cálculo electoral.
Cuando dirigentes de colectividades históricas pasan a defender posiciones completamente contrarias a sus principios fundacionales —sin explicar la razón de esa metamorfosis—, se instala un mensaje peligroso: la sensación de que las convicciones son negociables según la coyuntura. Eso desorienta a la militancia y profundiza la desconfianza de quienes observan la política desde afuera.
Este fenómeno no se resuelve con un cambio de vocería, una campaña publicitaria o una nueva estrategia de redes sociales, y mucho menos transando los valores que le dieron origen a la organización. Se trata de un problema de fondo sobre credibilidad, identidad y convivencia interna.
Antes de pretender construir grandes alianzas, gobernar o convencer al país, los partidos deben ser capaces de recuperar algo elemental: el sentido de colectividad. Eso exige menos caudillismo, menos peleas por parcelas de poder, menos improvisación y mucha más coherencia, diálogo y escucha activa hacia sus militantes.
La ciudadanía puede aceptar que una organización política cambie con el tiempo, pero difícilmente confiará en una que parece haber olvidado quién es. La verdadera batalla política no se gana gritando más fuerte ni instalando el relato más astuto, sino recuperando la credibilidad a través de la coherencia y volviendo a poner el bien común por encima del beneficio propio.
Columna de opinión de: Valeska Jensen Guzmán
