
Columna de opinión de: Froilán Flores. Dirigente y comerciante de feria libre de Conchalí
El mensaje del cardenal Fernando Chomali a los empresarios, centrado en la dignidad del trabajo, los salarios y la necesidad de reflexionar sobre el futuro del empleo, también debiera abrir una conversación sobre una realidad que muchas veces queda fuera del debate: el trabajo que generan las ferias libres.
Como dirigente y comerciante de feria libre, veo diariamente cómo personas que han perdido su empleo formal llegan a las ferias buscando una oportunidad para generar ingresos y mantener a sus familias. Para muchas de ellas, la feria se transforma en una alternativa para generar ingresos a través del trabajo independiente y, en algunos casos, en una verdadera red de protección económica.
No se trata de decir que las ferias funcionan sin regulación. Existen permisos municipales, normas sanitarias y obligaciones tributarias. El problema es que estas exigencias no siempre van acompañadas de condiciones suficientes de seguridad, infraestructura, protección social y dignidad laboral.
La pregunta, entonces, es simple: ¿quién reconoce el aporte de las ferias libres cuando, desde la experiencia cotidiana de quienes trabajan en ellas, terminan siendo una alternativa para personas que no encuentran espacio en el mercado laboral formal?
El feriante trabaja, produce, compra, vende y mueve la economía local. Sin embargo, muchas veces debe enfrentar por cuenta propia la competencia del comercio informal, una realidad que todos ven, pero frente a la cual todavía faltan soluciones suficientes.
Las autoridades tampoco han logrado responder de manera efectiva en todos los casos y, algunas veces, terminan normalizando una situación que perjudica al comerciante que cumple con sus obligaciones.
Por eso, la discusión no debería centrarse solamente en cómo fiscalizar o formalizar al feriante. También debemos preguntarnos cómo modernizar las ferias libres sin destruirlas y cómo entregar mayor seguridad, infraestructura y protección a quienes trabajan en ellas.
La nueva Ley de Ferias Libres representa un avance hacia un marco jurídico más claro para esta actividad. Sin embargo, una ley por sí sola no resolverá todos los problemas. Su aplicación deberá traducirse en mejores condiciones de trabajo y en una adecuada coordinación entre municipios, organizaciones de feriantes y organismos públicos.
La mayor formalización también implica nuevas responsabilidades para quienes trabajan en las ferias. Por eso, es fundamental que este proceso no se limite a aumentar las obligaciones, sino que vaya acompañado de condiciones que permitan a los feriantes desarrollar su actividad con seguridad jurídica y dignidad.
Todo esto debe hacerse respetando las ordenanzas municipales y, al mismo tiempo, protegiendo los beneficios y derechos que las organizaciones de feriantes han conseguido durante años de trabajo y organización.
Las ferias libres no quieren reemplazar al empleo formal. Pero mientras muchas personas no encuentran una oportunidad laboral, las ferias pueden convertirse en una alternativa de trabajo independiente y autoempleo.
Chile debe reconocer esa realidad.
No queremos que las ferias sean simplemente un lugar donde se esconda la cesantía. Queremos que sean espacios de trabajo digno, seguro, ordenado y con oportunidades de progreso.
Si hablamos de dignidad del trabajo, esa dignidad también debe llegar al trabajador independiente que cada madrugada instala su puesto y sale a trabajar para sostener a su familia.
Las ferias libres no piden privilegios. Piden reconocimiento, reglas claras, seguridad jurídica y condiciones que permitan seguir trabajando con dignidad.
Porque detrás de cada puesto hay una familia; detrás de cada feria hay una comunidad; y detrás de cada jornada de trabajo hay personas que también están contribuyendo al desarrollo económico y social de Chile.
