
La reciente propuesta de rebajar las tarifas del TAG en horario punta parece, a primera vista, un alivio para el bolsillo de los automovilistas. Sin embargo, desde la perspectiva de la economía de transporte, esta medida genera serias contradicciones que terminarán perjudicando a los propios usuarios.
Es innegable la presión que este cobro ejerce en el presupuesto familiar: hoy en día, las autopistas urbanas se han convertido en el segundo gasto más importante en el ítem de prioridades de los hogares chilenos, superado únicamente por el arriendo o dividendo. Esta altísima carga explica por qué cualquier anuncio de rebaja genera tantas expectativas, pero es justamente por esa importancia que debemos exigir soluciones reales y no medidas de “letra chica” que terminen agravando el problema.
El diseño de las tarifas dinámicas (punta y saturación) se basa en la elasticidad precio de la demanda. Aunque el uso del automóvil es inelástico frente al precio en ciertos segmentos rígidos, en los márgenes existe un grupo de conductores cuya demanda es elástica. Al abaratar el costo de circular en los momentos de mayor saturación, se elimina el desincentivo económico. El resultado previsible es un incentivo perverso: más vehículos ingresarán a las autopistas urbanas durante los minutos críticos, agravando la congestión y anulando el rol regulador que debe tener el peaje para asegurar la fluidez vial.
A esto se suman preocupantes interrogantes respecto de la tarifa de saturación. Tal como está planteada la rebaja, se abre una peligrosa ventana: dado que estas tarifas de saturación son impuestas por las propias autopistas en función del flujo de vehículos, si se reduce en un 25% la tarifa en horario punta, tendremos inevitablemente más atochamiento. Esto les dará a las concesionarias la justificación perfecta para aplicar la tarifa de saturación, que es mucho más cara. Al final, es un círculo vicioso: se baja la tarifa punta, se llena la autopista, y el sistema responde encendiendo la tarifa de saturación a su antojo. El supuesto ahorro se desvanece en el taco.
A este problema de tráfico se añade una preocupante distorsión financiera. Si esta rebaja se compensa aumentando los años de concesión de las autopistas, estamos frente a una ilusión económica. No se trata de un ahorro real, sino de un crédito encubierto a largo plazo que los conductores —e incluso futuras generaciones de chilenos— terminarán pagando con creces mediante la extensión de contratos públicos.
Al final del día, cambiaremos viajes más baratos por tacos más largos, financiados con una deuda que hipoteca el futuro de la infraestructura vial.
Cristian Norambuena
Abogado Usuarios Autopistas.
