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Cuando el aula duele: la crisis que nadie quiere asumir

PorDiario Tropezón

Abr 5, 2026
Marcelo Enrique Órdenes De La Fuente.

La violencia escolar no es un hecho aislado, sino el reffejo de un sistema fragmentado que ha dejado sola a la escuela frente a problemas estructurales. (Columna de Opinión)

El aula ya no es solo un espacio de aprendizaje. Hoy también es un lugar donde se expresan tensiones sociales profundas. Lo que ocurre dentro de una sala de clases no puede entenderse de forma aislada: es el reflejo de un país marcado por desigualdades persistentes.

Hace décadas, el sociólogo Pierre Bourdieu advirtió que la escuela puede reproducir las brechas sociales cuando no logra compensarlas. En Chile, esa advertencia sigue vigente. La alta segmentación del sistema educativo, señalada por organismos internacionales como la OCDE, ha generado diferencias que hoy se manifiestan en conflictos, desregulación emocional y debilitamiento del vínculo entre estudiantes y docentes.

A esto se suma un problema político: no es que falten iniciativas, sino que abundan sin articulación. Distintos informes de la Agencia de Calidad de la Educación han evidenciado un deterioro sostenido del clima escolar y del bienestar socioemocional tras la pandemia. Sin embargo, muchas de las respuestas han sido parciales, reactivas y desvinculadas de los proyectos educativos de cada establecimiento, lo que limita su impacto real.

En este escenario, el peso termina recayendo en el profesor. Se espera que enseñe, contenga emocionalmente, gestione la diversidad y resuelva conflictos complejos. El resultado es predecible: sobrecarga laboral y desgaste profesional. La UNESCO ha advertido que el burnout docente es hoy un problema global, y Chile no es la excepción.

Pero reducir la crisis al ámbito escolar sería un error. Las familias enfrentan transformaciones que tensionan su rol formativo, mientras el Estado oscila entre enfoques técnicos sin consolidar una política integral de bienestar. La sociedad, en tanto, exige resultados sin asumir su parte en la formación de las nuevas generaciones.

La filósofa Hannah Arendt lo planteó con claridad: educar implica hacerse responsable del mundo que entregamos. Cuando esa responsabilidad se diluye, la escuela queda sola.

El aula que hoy duele no es una anomalía. Es el síntoma de un sistema que ha delegado más de lo que ha articulado. Por eso, la salida no pasa únicamente por mayor control o sanción, sino por una transformación más profunda.

Se requiere una política integral que conecte convivencia, bienestar y aprendizaje; equipos interdisciplinarios estables en las escuelas; formación docente continua y pertinente; participación real de las familias; y una reducción efectiva de la sobrecarga laboral. También es clave avanzar hacia sistemas de evaluación que no solo midan resultados académicos, sino también condiciones de bienestar y clima escolar.

No se trata de medidas aisladas, sino de condiciones estructurales. Porque cuando el sistema no responde de manera coherente y sostenida, todo vuelve a recaer en el esfuerzo individual del docente.

Y eso, hace tiempo, dejó de ser suficiente.

Por: Marcelo Enrique Órdenes De La Fuente. Docente especialista en Liderazgo Pedagógico, Diseño Curricular, Educación Física y Salud, Psicología del Deporte y Políticas Públicas – Comprometido con el desarrollo integral de las comunidades educativas

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