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Notas infladas y aprendizajes vacíos: la crisis que la educación chilena ya no puede ocultar

PorDiario Tropezón

May 9, 2026
Marcelo Enrique Órdenes De La Fuente

Durante años, Chile celebró indicadores que parecían mostrar avances educativos: más estudiantes egresando de enseñanza media, menores tasas de repitencia y promedios escolares cada vez más altos. Sin embargo, detrás de esas cifras comenzó a crecer una contradicción incómoda: mientras las notas subían, los aprendizajes medidos externamente no mostraban mejoras equivalentes.

El debate volvió a instalarse tras el análisis publicado por el Centro de Estudios Públicos (CEP) sobre la denominada “inflación de notas”, fenómeno que describe el aumento sostenido de las calificaciones escolares en contraste con resultados relativamente estancados en pruebas estandarizadas como PAES, SIMCE y evaluaciones internacionales.

El problema no es menor. Según el CEP, el incremento en la ponderación del NEM y ranking para acceder a la educación superior generó incentivos para elevar las calificaciones internas de los establecimientos. Esto no implica necesariamente prácticas irregulares ni “regalo” deliberado de notas, sino respuestas institucionales dentro de un sistema altamente competitivo donde diferencias mínimas pueden afectar el acceso universitario.

Pero reducir la discusión a una supuesta “falta de exigencia” sería simplificar un fenómeno mucho más complejo.

La educación chilena cambió profundamente en las últimas décadas. El sistema pasó de una lógica relativamente selectiva a una educación masiva y obligatoria, incorporando estudiantes con trayectorias sociales, cognitivas y emocionales mucho más diversas. Sin embargo, esa expansión no siempre fue acompañada por suficientes capacidades pedagógicas, apoyo interdisciplinario o fortalecimiento docente.

En ese contexto, múltiples organismos internacionales han advertido una tensión creciente entre inclusión, retención escolar y aseguramiento efectivo de aprendizajes. La UNESCO sostiene que inclusión educativa no significa únicamente acceso o permanencia, sino garantizar participación y aprendizaje significativo para todas y todos los estudiantes.

Ahí aparece uno de los principales dilemas del sistema chileno.

Las notas escolares no solo evalúan conocimientos académicos. También consideran asistencia, participación, proyectos, trabajo colaborativo, progresión individual y habilidades socioemocionales. Las pruebas estandarizadas, en cambio, miden principalmente desempeño cognitivo bajo parámetros homogéneos. Por ello, especialistas sostienen que ambos instrumentos no necesariamente evalúan las mismas dimensiones del aprendizaje.

Sin embargo, cuando estudiantes egresan con altas calificaciones, pero presentan dificultades importantes en comprensión lectora, escritura o razonamiento matemático, emerge una señal preocupante sobre las brechas entre trayectoria escolar y competencias efectivamente consolidadas.

Los resultados del SIMCE 2023 del Ministerio de Educación evidenciaron brechas persistentes en aprendizajes básicos, especialmente en sectores vulnerables. A su vez, el informe PISA de la OCDE ha mostrado durante años desigualdades estructurales importantes en desempeño educativo en Chile según nivel socioeconómico.

Diversas universidades chilenas también han reconocido la necesidad de implementar programas de nivelación para estudiantes de primer año debido a déficits en habilidades fundamentales. La Universidad de Chile, la Pontificia Universidad Católica de Chile y otras instituciones mantienen programas de acompañamiento académico precisamente porque existe evidencia de brechas de entrada significativas.

A esto se suma el impacto de la pandemia. Informes del Banco Mundial y de UNICEF advirtieron que América Latina experimentó una de las mayores pérdidas de aprendizaje del mundo tras el cierre prolongado de escuelas.

El riesgo de esta situación no es únicamente académico. También es social. Cuando el sistema transmite señales de logro que posteriormente no se condicen con las exigencias de educación superior o del mundo laboral, se produce frustración, desconfianza institucional y mayor vulnerabilidad para quienes poseen menos capital cultural y económico.

Por eso, el debate sobre inflación de notas no debería transformarse en una discusión simplista entre “mano dura” o “educación permisiva”. El desafío real es construir un sistema capaz de combinar inclusión con exigencia pedagógica, apoyo efectivo y aprendizajes significativos.

Porque una educación verdaderamente inclusiva no consiste solo en permitir avanzar de curso, sino en garantizar que cada estudiante desarrolle herramientas reales para desenvolverse con autonomía, dignidad y participación plena en la sociedad.

Por: Marcel Enrique órdenes De La Fuente, Docente especialista en liderazgo pedagógico, diseño curricular, dirección y gestión escolar, educación física y salud, psicología del deporte, y políticas públicas, orientado al desarrollo integral de las comunidades.

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