El uso de la fuerza como mecanismo para sostener el poder no solo evidencia el temor de quienes lo ostentan, sino que también desnuda la fragilidad de sus fundamentos. ¿Es legítimo reprimir para preservar el statu quo? ¿Cuándo la autoridad deja de ser un ejercicio racional para convertirse en una imposición arbitraria? Este texto reflexiona sobre los peligros de un poder cimentado en la violencia y el costo que esto implica para la sociedad.
Reafirmar el poder a través de los golpes o las amenazas a un ciudadano común y corriente es otra forma de cómo la violencia —supuestamente institucionalizada— emerge de las profundidades del quehacer político.
Es una manera en que el poder institucionalizado busca dejar sin movimiento el statu quo que tanto le acomoda y del cual tanto se ha beneficiado.
Quien ostenta el poder tiene miedo de perderlo, por lo que requiere de diversas maneras para mantenerse con aquello que no desea que le arrebaten.
¿Qué hay detrás de esta acción?, ¿por qué se recurre al uso de la fuerza para reafirmar una idea? Lo primero que se nos viene a la mente es imaginar cómo el poder establecido de turno (léase indistintamente derecha o izquierda) reprime a la población que se manifiesta por alguna consigna. ¿Por qué reprimir es un acto válido?, ¿acaso no lo es también el acto mismo de manifestarse o emitir opinión/posición política?
¿Acaso se reprimen las ideas, se reprime la alteración del orden o se reprime la posible desestabilización del poder, de mi poder (como autoridad)?
Los mecanismos que entregan las sociedades democráticas para combatir los cuestionamientos al poder se entienden como permitidos (legalizados), pero ¿hasta qué punto se permite el uso de la fuerza para reprimir la subversión al poder? ¿Acaso toda crítica al poder debe tomarse como un acto de traición que merece pena de escarmiento?
Para algunos, el poder es ejercicio; para otros, el poder es autoridad. El poder pueden ser lujos o un estatus que no se desea perder. El poder puede ser ese dinero que antes no se tenía ejerciendo una cierta profesión y que hoy pagó el crédito hipotecario y alguna que otra camisa Lacoste; o es el auto del año, 0 km, y algunas drogas para hacer más llevadera la mundana existencia, o una salida a la discoteca entre Providencia y Las Condes.
Sea lo que sea el poder, es tener algo que antes no se tenía, material o no, pero que nos hace diferentes al resto de la población. Nos diferencia y, en lo profundo de las cosas, nos expulsa de lo común y nos hace distintos. Valemos algo más que antes no. Antes no valíamos nada; Hoy, en cambio, nos creemos dioses.
No es lo mismo decir “Hola, soy Gabriel” que decir “Hola, soy Presidente de la República”.
Nos decantamos, enamorados como quinceañeros, ante los puestos de poder. Da igual cómo ejerzamos la carga, mientras nos dure el poder y su ejercicio. Queda algo sumamente claro: soy distinto a ti. Si he de traicionar o mentir con tal de mantener el poder, es una relación costo/beneficio. No es una empatía o el desarrollo de una conexión con el pesar de la comunidad, es una inversión a largo plazo. Si he de inmortalizar mi imagen como un salvador, es el beneficio de ser aquello que el pueblo ordinario jamás será.
Entonces, ¿por qué cuestionar el poder? Porque dejarlo echar raíces en el bolsillo de algún desquiciado es darle rienda suelta a que los trastornados, con sus traumas y obsesiones, sean reyes en un mundo que no es suyo, pero que, de poder serlo, lo armarían a su pinta.
Reafirmar el poder a través de los golpes es aceptar que estos actos sean la regla general y no la excepción. Es aceptar que la autoridad puede llevar hasta las últimas consecuencias su actuar con tal de reafirmar su autoridad, para así conseguir y mantener lo que desea.
Reafirmar el poder a través de los golpes es dejar de creer en un sistema que requiere de racionalidad para reafirmar sus acciones, para así no caer en la arbitrariedad.
Reafirmar el poder a través de los golpes es gritarle al mundo que el sujeto, como autoridad, no se sustenta ni con argumentos, ni con acciones, ni con un proyecto político claro ni definido. Es gritarle al mundo que eres un sujeto político vacío y carente de norte y sentido.
Por Sebastián Cuevas – Abogado.
