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Educar cuando todo parece estar en disputa

PorDiario Tropezón

Ago 24, 2026
Marcelo Enrique Órdenes De La Fuente (Columna de opinión)

En pleno siglo XXI, mientras la inteligencia artificial transforma el trabajo, las redes sociales disputan el sentido de lo público y la desconfianza tensiona nuestras instituciones, la educación enfrenta una pregunta que no admite respuestas técnicas: ¿para qué educamos y qué tipo de personas queremos formar?

Hablar de innovación, resultados o tecnología sin responder esa pregunta es convertir la educación en una herramienta. Giroux (2020) sostiene que la educación es también un espacio de disputa cultural y política, donde se ponen en juego el conocimiento, el poder, los valores y las posibilidades de la democracia. Desde esta perspectiva, enseñar no consiste únicamente en transmitir contenidos: supone ayudar a las personas a comprender críticamente el mundo en que viven.

Por eso, el profesor no puede reducirse a un ejecutor de programas. Debe asumir también el papel de intelectual público, capaz de abrir en la escuela espacios para la duda, el desacuerdo, la argumentación y la participación democrática (Giroux, 2020). La escuela no debería enseñar únicamente respuestas; debería enseñar a formular preguntas, contrastar argumentos y convivir con quienes piensan diferente.

Aquí aparece una cuestión política, en el sentido más profundo del término: la escuela debe recuperar su carácter público. No como espacio de adoctrinamiento, sino como territorio común. Una democracia necesita instituciones, pero también ciudadanos capaces de deliberar, escuchar, disentir y construir acuerdos. La educación tiene, en consecuencia, una responsabilidad que trasciende las paredes del aula.

De la Herrán (2014) lleva esta discusión hacia otra dimensión. Su enfoque radical e inclusivo cuestiona una concepción superficial de la formación y propone incorporar al proceso educativo dimensiones vinculadas con la conciencia, la reflexión y el autoconocimiento. La pregunta deja de ser únicamente cuánto aprende una persona y comienza a ser también qué hace consigo misma y con los demás a partir de aquello que aprende.

Desde esta perspectiva, incluir no significa simplemente que todos estén dentro del aula. Significa generar condiciones para que cada persona pueda participar, ser reconocida, expresarse y aprender junto a otros. La inclusión exige revisar las propias prácticas educativas y profundizar la comprensión de aquello que entendemos por formación (De la Herrán, 2014).

En Chile, esta conversación tiene raíces profundas. Valentín Letelier, en Filosofía de la educación, planteó una concepción de la educación que superaba la mera instrucción y vinculaba la formación con la vida social. Para Letelier, educar debía contribuir a formar a las personas para la sociedad en que vivirían (Letelier, 1892).

Su pensamiento fue decisivo en la discusión educacional chilena de fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Décadas después, Pedro Aguirre Cerda convertiría esa preocupación en una definición política de enorme fuerza: “Gobernar es educar”. La expresión sintetizó una concepción de gobierno en la que la educación ocupaba un lugar estratégico para ampliar las oportunidades, fortalecer la educación pública y construir un proyecto de sociedad.

Hoy aquella frase adquiere una nueva dimensión. Gobernar también debiera significar crear condiciones para que las personas puedan educarse, participar, encontrarse y construir comunidad. Porque cuando los espacios públicos se debilitan, también se debilita la posibilidad de reconocernos como parte de un proyecto colectivo.

El desafío educativo, por tanto, no puede agotarse en elevar indicadores, incorporar tecnologías o cumplir programas. El desafío es devolverle a la educación su dimensión humana, pública, democrática y emancipadora.

Cuando la escuela solo transmite contenidos, prepara para adaptarse al mundo que existe. Cuando enseña a pensar, dialogar y cuestionar ese mundo, prepara a las personas para transformarlo.

Quizás allí se encuentre la tarea educativa más urgente de nuestro tiempo: no formar individuos para sobrevivir en una sociedad en disputa, sino personas capaces de participar responsablemente en su construcción.

Columna de opinión: Marcelo Enrique Órdenes De La Fuente

Docente especializado en liderazgo pedagógico, diseño curricular, gestión escolar, Educación Física y Salud, psicología del deporte, ciencia política y políticas públicas.

Referencias

De la Herrán, A. (2014). Enfoque radical e inclusivo de la formación. REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, 12(2), 163–264.

Giroux, H. A. (2020). On critical pedagogy (2nd ed.). Bloomsbury Academic. Letelier, V. (1892). Filosofía de la educación. Imprenta Cervantes.

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